Algo desconocido le impedía teclear. Normalmete Arguildo tecleaba vorazmente, avído de nuevas palabras, jugando con las metáforas y cortezmente renunciando a la redundancia. Pero esa mañana se hallaba ahí sentado, con el Sol atravesando por los grandes ventantales de su casa como intruso intangible, con un sentimiento hastío total. La nada inundaba su cabeza, llenandola de ideas vanas y sin sentido.
Afligido por este extraño hecho, el joven escritor decidió dar una vuelta. Cabilando sin cesar sobre su extraña experiencia, vacilaba sobre cuestiones que antes le parecían verdades inaludibles, calcando sobre su cabeza nuevas ideas que, por supuesto, nunca tomaban fuerza. Le era imposible concentrarse y desprender tan sólo una frase, cosa que antes hacía con bastante soltura y facilidad. Siguío caminando por la calle, percatándose de cosas que había pasado siempre por alto. Un viejo tronco caído, una vereda llena de hojas que conducía un cuchitril desvalijado, una reja de hierro forjado tan antigua como su memoria jamás haya recordado, una bicicleta atada a un gran árbol, ventanales rotos y muros resquebrajados.
Decidido a volver a casa, a intentar una vez más escribir, tomó una calle que ciertamente le conducía de regreso pero que nunca había recorrido. De aspecto ténue y tenebrosa, esta calle era evitada por todos los caminantes, pues se decía que extrañas cosas sucedía en sus aceras, malogradas por el pasar de los años, olvidadas por la indeferencia humana. Se dice que sólo una viuda vive en una desvanecida casa a mitad de la calle. Todo lo demás eran tierras sin dueño, salvajes e indomables. Quizás nadie se atrevía a tomar partido de un terreno ahí.
Envuelto de nuevo en sus pensamientos, Arguildo no se percata de su error y sigue caminando por la calle. Estando a mitad de ésta, ve una solitaria niña sentada en un banco. Jugaba con una vieja muñeca de porcelana, peinándola y pasandole la mano por su fría y blanca cabeza petrificada. Con curiosidad observa a la pequeña por un rato, pero su agitación no le permite acercársele, por lo que sigue su camino a casa.
Al llegar se sienta de nuevo ante su máquina Sinclair. Entumecido hasta los labios, Arguildo no puede tan siquiera pisar tecla alguna.

No hay comentarios:
Publicar un comentario