Un Sol se sucede a otro. Muchas lunas mueren y renacen. Arguildo seguía sin poder teclear nada. El mismo sentimiento de hastío y parálisis se apoderaba de él cada vez que intentaba sentarse delante de su máquina de escribir. Este mal es ampliamente conocido entre los escritores y suele ser la tumba para su pluma, pues pocos lograr recuperar el don. Parecía obvio que Arguildo debía volver a encontrar la inspiración, a como de lugar, pues no sólo se le hacía imposible escribir, sino que era su sustento y necesitaba de escribir para sobrevivir.
Resuelto a buscar a su "musa", el maldito escritor decide viajar a nuevos lugares. Tal como muchos escritores lo han hecho, el viajar suele alimentar a la mente de nuevas ideas, llenándo el espíritu de nuevas sensasiones. Se dirijió a comienzos de Enero a la estación de tren, con el claro objetivo de comprarse un boleto hacia el pueblo más apartado que encuentre. Posiblemente allá, alejado de todo, sus problemas permenecerían atrás y su musa se reencontraría con él.
Con ticket en mano, Arguildo se monta en un tren color carmín, de aspecto infantil y casi risible. Sonando estridentemente la bocina, el conductor anuncia que ya es la hora de abordar el tren, ante lo cual, todos los pasajeros que aguardaban en el andén charlando y despidiéndose de sus seres queridos detienen isofacto sus actividades y se aprestan de subir al ferrocarril.
Arguildo escojió la sección más olvidada del tren, pues detestaba la compañía vulgar. En realidad, Arguildo no era una persona muy social, siempre evitando el contacto con las personas, se movía entre las multitudes muy discretamente y solía pasar desapercibido la mayoría de las veces.
No pasaron dos horas antes que llegaran a la primera estación. Era una gra ciudad, atorada de personas, tambaleante de ruido y fulgor eléctrico, de rascacielos enormes que se alzaban como imponentes mostruos de fierro y piedra. Arguildo detestaba esas aglomeraciones absurdas de gente, comparándolas con colmenas de abejas.
El escritor se baja del tren para fumarse un cigarro cuando se percata que una dama ha dejado su maleta olvidada, por lo que va a recojerla. Es en ese instante cuando el tren estremece de nuevo por el sonido de las bocinas, llamando a los pasajeros a montarse y continuar su viaje. Apresuradamente, Arguildo sube con la maleta en la mano. Al llegar a su habitación, se da cuenta que sigue con la maleta. Decidido a hacer que vuelva a su dueño original, Arguildo se dirije a la cabina del conductor, tocando suávemente la puerta.
Al abrir, encuentra a un delgado, casi cadavérico hombre con bragas azules.
lunes, 5 de febrero de 2007
domingo, 4 de febrero de 2007
Arguildo II
Algo desconocido le impedía teclear. Normalmete Arguildo tecleaba vorazmente, avído de nuevas palabras, jugando con las metáforas y cortezmente renunciando a la redundancia. Pero esa mañana se hallaba ahí sentado, con el Sol atravesando por los grandes ventantales de su casa como intruso intangible, con un sentimiento hastío total. La nada inundaba su cabeza, llenandola de ideas vanas y sin sentido.
Afligido por este extraño hecho, el joven escritor decidió dar una vuelta. Cabilando sin cesar sobre su extraña experiencia, vacilaba sobre cuestiones que antes le parecían verdades inaludibles, calcando sobre su cabeza nuevas ideas que, por supuesto, nunca tomaban fuerza. Le era imposible concentrarse y desprender tan sólo una frase, cosa que antes hacía con bastante soltura y facilidad. Siguío caminando por la calle, percatándose de cosas que había pasado siempre por alto. Un viejo tronco caído, una vereda llena de hojas que conducía un cuchitril desvalijado, una reja de hierro forjado tan antigua como su memoria jamás haya recordado, una bicicleta atada a un gran árbol, ventanales rotos y muros resquebrajados.
Decidido a volver a casa, a intentar una vez más escribir, tomó una calle que ciertamente le conducía de regreso pero que nunca había recorrido. De aspecto ténue y tenebrosa, esta calle era evitada por todos los caminantes, pues se decía que extrañas cosas sucedía en sus aceras, malogradas por el pasar de los años, olvidadas por la indeferencia humana. Se dice que sólo una viuda vive en una desvanecida casa a mitad de la calle. Todo lo demás eran tierras sin dueño, salvajes e indomables. Quizás nadie se atrevía a tomar partido de un terreno ahí.
Envuelto de nuevo en sus pensamientos, Arguildo no se percata de su error y sigue caminando por la calle. Estando a mitad de ésta, ve una solitaria niña sentada en un banco. Jugaba con una vieja muñeca de porcelana, peinándola y pasandole la mano por su fría y blanca cabeza petrificada. Con curiosidad observa a la pequeña por un rato, pero su agitación no le permite acercársele, por lo que sigue su camino a casa.
Al llegar se sienta de nuevo ante su máquina Sinclair. Entumecido hasta los labios, Arguildo no puede tan siquiera pisar tecla alguna.
Afligido por este extraño hecho, el joven escritor decidió dar una vuelta. Cabilando sin cesar sobre su extraña experiencia, vacilaba sobre cuestiones que antes le parecían verdades inaludibles, calcando sobre su cabeza nuevas ideas que, por supuesto, nunca tomaban fuerza. Le era imposible concentrarse y desprender tan sólo una frase, cosa que antes hacía con bastante soltura y facilidad. Siguío caminando por la calle, percatándose de cosas que había pasado siempre por alto. Un viejo tronco caído, una vereda llena de hojas que conducía un cuchitril desvalijado, una reja de hierro forjado tan antigua como su memoria jamás haya recordado, una bicicleta atada a un gran árbol, ventanales rotos y muros resquebrajados.
Decidido a volver a casa, a intentar una vez más escribir, tomó una calle que ciertamente le conducía de regreso pero que nunca había recorrido. De aspecto ténue y tenebrosa, esta calle era evitada por todos los caminantes, pues se decía que extrañas cosas sucedía en sus aceras, malogradas por el pasar de los años, olvidadas por la indeferencia humana. Se dice que sólo una viuda vive en una desvanecida casa a mitad de la calle. Todo lo demás eran tierras sin dueño, salvajes e indomables. Quizás nadie se atrevía a tomar partido de un terreno ahí.
Envuelto de nuevo en sus pensamientos, Arguildo no se percata de su error y sigue caminando por la calle. Estando a mitad de ésta, ve una solitaria niña sentada en un banco. Jugaba con una vieja muñeca de porcelana, peinándola y pasandole la mano por su fría y blanca cabeza petrificada. Con curiosidad observa a la pequeña por un rato, pero su agitación no le permite acercársele, por lo que sigue su camino a casa.
Al llegar se sienta de nuevo ante su máquina Sinclair. Entumecido hasta los labios, Arguildo no puede tan siquiera pisar tecla alguna.
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