martes, 23 de enero de 2007

Arguildo

Arguildo siempre fue destacado por su hábil gracia para la escritura. Era lo que mejor hacía y por supuesto, su trabajo. Desde pequeño siempre quiso ser escritor. En sus tiempos libres, escribía pequeñas historias acerca de duendes y hombrecillos de la luna que le invadían en sus sueños. Muy avanzado para su edad, sus profesores se percataron inmediatamente que su pluma era inusual y exquisita, razón por la cual no dudaron en adelantarlo varios grados. Sus padres, siempre orgullosos, alimentaron su imaginación con docenas de libros, los cuales inundaban las repisas de su cuarto, ya polvoriento por las torres de libros. Y aunque Arguildo disfrutaba jugar con sus amigos al aire libre, siempre salía perdiendo, pues lo que tenía en inteligencia le faltaba en tamaño, siendo siempre la mascota de sus compañeros de juego y clase. Se dice que una vez fue encerrado en una jaula para ser el hazmereir de todos los niños. Nunca se supo si esos acontecimientos tuvieron repercusión en su desarrollo, aunque Arguildo siempre se mostró muy estoico ante las torturas de sus congéneres.

Creció así el pequeño niño para convertirse en un portentoso hombre, estudioso de las artes y literato empedernido. Su primer trabajo fue en un diario de su ciudad en calidad de reportero. Trabajó un tiempo ahí, pero no tardaron en lloverle múltiples ofertas en numerosos diarios de todo el país, ofreciendole cargos con mucha mejor paga y más posibilidades de gloria personal.

Y siguió así hasta convertirse en el escritor más famoso de su tierra. Por donde pasara era reconocido y saludado con veneración. Incluso los niños más pequeños le conocían y le hacían reverencia.

Una fría noche de Octubre, Arguildo tuvo una pesadilla. Soño que todas las personas que tanto le reverenciaban y adulaban le perseguían con cólera e insistencia por toda la ciudad. No había lugar donde esconderse de la iracunda masa, con antorchas y filosas armas le persiguieron hasta que por fín lograron atraparle. Hecho esto, se reunieron alrededor del escritor formando una rueda. Su objetivo no era más que atravesarle con una lanza.
Arguildo se despertó con gran exaltación de su terrible pesadilla e inmediatamente fue al baño a echarse agua encima. Se vió en el espejo notando en sí una mirada diferente, cosa a la cual no le prestó mucha atención. Acto seguido, volvió a la cama, logrando conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, luego de comer su desayuno y hacer las tareas matutinas, se dispuso a sentarse en frente de su vieja máquina de escribir Sinclair. Estuvo largo rato encima de las teclas sin presionar tan sólo una. Parecía paralizado.

(Continuará...)

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