martes, 30 de enero de 2007

Muerte en Venecia

¿Qué es la belleza? Una pregunta que envuelve a muchos filósofos y artistas, se desvanece al instante cuando nos topamos con algo realmente bello, algo cuya belleza natural nos atrapa. Quizás esta belleza no sea moral o fundada en el raciocinio.

En esta disyuntiva se haya el Prof Gustav von Aschenbach, el cuál realiza un viaje a Venecia en busca de salud e inspiración, encontrando sólo una de ellas.
Con una música exquisita (de la mano de Gustav Mahler) comienza "Muerte en Venecia". En el fondo, el Sol se asoma por el horizonte, quizá haciendo una alegoría al comienzo de esta nueva etapa del compositor. Al llegar a Venecia, se topa con varios personajes pintorescos. Un bufón y un ladrón. Serían sólo los primeros que conocería, pues a lo largo de su estadía varios más se agregan a la lista.

De tanto en tanto, la película muestra fragmentos de la vida pasada del compositor, en su mayoría, charlando con su mejor amigo, discutiendo sobre la belleza. von Aschenbach se empeña en la idea de una belleza lozana, sin mácula alguna. Para él, la belleza debe ser digna de admiración desde todo punto de vista. La belleza debe estar encumbrada en moralidad. Por otro lado, su amigo insiste en la idea de la belleza sensual, aquella que altera nuestros sentidos y que nos atrae sin razón aparente.

Otros fragmentos muestran al compositor en su vida familiar. Con su esposa y su hijo, riendo y jugando en la pradera. Pero a la vez, la desgracia y pena de von Aschenbach y su mujer debido a la muerte de su infaltil hijo.

von Aschenbach se hospeda en el resort Lido, el mejor de Venecia. Allí conoce a Tadzio, un jóven polaco de cuya belleza queda cautivo. La zozobra del músico es sin igual al darse cuenta de lo impuro que es su acto, pero a la vez, lo atraido que se siente por este efebo de caracter jugueton.
Semejante a un querubin, Tadzio se pasonea alrededor de von Aschenbach, mirándole sin soltar palabra alguna. Más bien de caracter asexual, Tadzio juguetea con sus amigos en la playa. Uno de ellos siente atracción por éste, creando en el compositor celos y envidia. Una vez más, sentimientos "inmorales" causados por Tadzio. Pero a la vez, el tan sólo hecho de contemplar a Tadzio corriendo y jugando en la playa le devuelve la inspiración perdida al compositor, cuyo fracaso se ve reflejado en una escena de abucheo público luego de un concierto.

Desesperado, von Aschenbach persigue a Tadzio por toda la ciudad, escondiéndose en las esquinas de la mirada avisora de su niñera. En sus recorridos por la ciudad, von Aschenbach se percata de que en ésta se realizan labores de limpieza epidemiológica. Angustiado por lo que ve y se rumorea, von Aschenbach pregunta a varios nativos la causa de tal limpieza, ante lo cual todos responden que sólo se trata de una precaución por el "sirocco". No es sino un empleado del banco quien le dice la verdadera situación: la plaga ha invadido a Venecia.

Alarmado por la situación, von Aschenbach decide partir de la ciudad inmediatamente, no sin antes alertar a la madre de Tadzio de la situación, rogándole que parta lo más pronto posible de Venecia. Estando ya en la estación de trenes, el músico se ve retrasado por la ausencia de sus valijas, razón suficiente para volver al resort Lido, donde nuevamente se encontrará con Tadzio. Decidido a hablarle, von Aschenbach se instala en la barbería, apresto a rejuvenecer su aspecto. Luego de ser atendido por el barbero, éste le dice "Se le ha devuelto lo que ha perdido. Ahora está listo para enamorarse de quien quiera". Con gran emoción, el músico vuelve a acechar al jóven Tadzio, pero como siempre, es incapaz de hablarle. Ya entonces, se mostraban los signos del deterioro físico de von Aschenbach.

Con el rostro pálido y apenas pudiendo moverse, von Aschenbach se sienta en la playa a contemplar a Tadzio jugar con su pretendiente juvenil. Y ahí, contemplando la belleza, dejándose llevar por ésta, von Aschenbach sufre un ataque cardíaco, muriendo al instante. Curiosamente, Tadzio no se percata de la situación y continúa calmadamente su caminata por la playa.


martes, 23 de enero de 2007

Arguildo

Arguildo siempre fue destacado por su hábil gracia para la escritura. Era lo que mejor hacía y por supuesto, su trabajo. Desde pequeño siempre quiso ser escritor. En sus tiempos libres, escribía pequeñas historias acerca de duendes y hombrecillos de la luna que le invadían en sus sueños. Muy avanzado para su edad, sus profesores se percataron inmediatamente que su pluma era inusual y exquisita, razón por la cual no dudaron en adelantarlo varios grados. Sus padres, siempre orgullosos, alimentaron su imaginación con docenas de libros, los cuales inundaban las repisas de su cuarto, ya polvoriento por las torres de libros. Y aunque Arguildo disfrutaba jugar con sus amigos al aire libre, siempre salía perdiendo, pues lo que tenía en inteligencia le faltaba en tamaño, siendo siempre la mascota de sus compañeros de juego y clase. Se dice que una vez fue encerrado en una jaula para ser el hazmereir de todos los niños. Nunca se supo si esos acontecimientos tuvieron repercusión en su desarrollo, aunque Arguildo siempre se mostró muy estoico ante las torturas de sus congéneres.

Creció así el pequeño niño para convertirse en un portentoso hombre, estudioso de las artes y literato empedernido. Su primer trabajo fue en un diario de su ciudad en calidad de reportero. Trabajó un tiempo ahí, pero no tardaron en lloverle múltiples ofertas en numerosos diarios de todo el país, ofreciendole cargos con mucha mejor paga y más posibilidades de gloria personal.

Y siguió así hasta convertirse en el escritor más famoso de su tierra. Por donde pasara era reconocido y saludado con veneración. Incluso los niños más pequeños le conocían y le hacían reverencia.

Una fría noche de Octubre, Arguildo tuvo una pesadilla. Soño que todas las personas que tanto le reverenciaban y adulaban le perseguían con cólera e insistencia por toda la ciudad. No había lugar donde esconderse de la iracunda masa, con antorchas y filosas armas le persiguieron hasta que por fín lograron atraparle. Hecho esto, se reunieron alrededor del escritor formando una rueda. Su objetivo no era más que atravesarle con una lanza.
Arguildo se despertó con gran exaltación de su terrible pesadilla e inmediatamente fue al baño a echarse agua encima. Se vió en el espejo notando en sí una mirada diferente, cosa a la cual no le prestó mucha atención. Acto seguido, volvió a la cama, logrando conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, luego de comer su desayuno y hacer las tareas matutinas, se dispuso a sentarse en frente de su vieja máquina de escribir Sinclair. Estuvo largo rato encima de las teclas sin presionar tan sólo una. Parecía paralizado.

(Continuará...)

Paseo

"En tus verdes ojos quiero zambullirme,
Hundirme en su profundidad,
Nadar en tu alma, tocarte suavemente,
Para luego salir como una solitaria lágrima,
Rodear tu mejilla y alojarme en tu piel,
Meterme en tus poros.
Quizás me pasee por tus labios,
Y contemple con admiración el sonido de tu voz,
Me deslizaré por tu mentón y en tu cabello caeré,
En tus rubios rizos, dormiré, en paz
Podrán pasar tempestades que ahí seguiré,
Aferrado a tí, queriendote aún más,
Deseado que algún día rompas el hechizo."














Dedicado a MN.

lunes, 22 de enero de 2007

El Niño y Las Estrellas

Un niño una vez pensó que podía viajar a las estrellas. Entonces se dedicó a construir un cohete que le pudiera llevar a ellas, tan alto que su mamá no lo pudiera ver, tan alto que a sus amigos impresionara, tan alto que la tierra tan sólo parezca un infimo punto en el vasto espacio.

Empezó poniendole un fuselaje de cartón, con elaborados detalles en crayón a los lados y con llamativos motivos alusivos a payasos de circo. Luego, le colocó un volante construido con ramas de un arból caido cerca de su casa. No funcionaba muy bien, así que le ató unas cuerdas a los alerones de forma que un giro en el timón ocasionara un torpe movimiento de los improvisados alerones. Seguidamente pensó en como hacer el motor de su nave espacial. Se le ocurrieron muchas ideas, algunas incluso rayaban en lo escatológico (propulsión a chorro mediante gas metano), pero finalmente optó por lo que le parecía más lógico: Ser arriado por un ave que le llevara muy alto. Sólo que tenía un problema. No tenía a sus dispoción tal ave. Lo más cercano que tenía era su fiel compañero canino, que por más alas de papel que le pusiera, no lograba alzar vuelo. Se dedicó entonces a buscar un ave suficientemente poderosa para impulsar su sueño aventurero.

Su primer intento fue con los pequeños pericos de su madre, los cuales cogió a hurtadillas y le colocó una cuerda alrededor de su cuello, con la mala fortuna que el primer perico fue ahorcado por la presión del cordel. Probó entonces con otro perico, al cual le amarró el cordel un poco más abajo, a la altura del pecho. Sin embargo, la pequeña ave fue lo suficiente hábil como para zafarse y huir ráudamente de su infantil torturador.

El niño, decepcionado, mas no derrotado, siguió buscando propulsores para su cohete. Se le ocurrió entonces que podía cazar un pájaro tendíendole una trampa. Cerca de su casa solían rondar grandes manadas de zamuros, los cuales, pensó que le servirían adecuadamente a sus fines. Colocó entonces un pocillo de comida (algo putrefacta, por cierto) debajo de una jaulita de madera toscamente construida por él. La jaula, debilmente sostenida por una fina vara, era apenas los suficientemente grande para contener en ella un pájaro de medianas características.
Aguardó cierto tiempo viendo la jaula y esperando que algún zamuro incauto cayera, pero éstos parecían conocer su intención. En un momento, el niño tuvo sed y fue tan sólo un momento a buscar algo de agua. En tanto, se percató que un zamuro se posó sobre el plato de "comida", por lo que corrió desbocadamente hasta donde se hallaba el cordel que estaba atado a la vara. Asustado por el algarabio, zamuro empredió vuelo rápidamente, huyó del infante y su primitiva trampa.

Aún con intensos deseos de construir su cohete, el niño no se dió por vencido y siguió aguardando a que un zamuro llegara y cayera en su trampa. Esta vez, el niño se escondió en unos matorrales cercanos, de manera que los carroñeros no le pudieran ver.
Luego de varias horas de espera (y algunas siestas inesperadas), el niño por fin logró su cometido: capturó a un jóven y enérgico zamuro. Con mucho cuidado, ató la cuerda alrededor del cuello del carroñero, no muy fuerte, no muy floja. Seguidamente, amarró la cuerda a la punta de su nave.

Quizó entonces hacer su primera ignición de prueba, por lo que trató de espantar al zamuro y ocasionar así que alzara vuelo. El zamuro, con todas sus fuerzas, trató y trató de volar, pero por más que intentara no podía levantar tan pesada carga. El niño se dió cuenta que necesitaba una legión de zamuros a su servicio para poder prender su motor.
Con mucha emoción por los resultados de su primer experimento, se dedicó a la tarea de cazar más zamuros para que arriaran su nave.

En un día logró capturar 2 y al siguiente 4. Con ellos, contaba con 7 zamuros, suficientes según su parecer para hacer volar su máquina. Viendo la hora y la proximidad del ocaso, el ingenioso niño decidió hacer su primer vuelo a la mañana siguiente, guardando su máquina y su pelotón de carroñeros en un viejo depósito. Tapó muy delicadamente con un manto el fuselaje y alimentó profusamente a sus bestias de arriaje, preparando todo para su gran viaje.
Muy emocionado por lo próximo de su viaje y la idea de al fin alcanzar sus sueños, se acostó en el la grama de su casa a contemplar las estrellas. Fantaseó toda la noche con la idea de visitar cada una de ellas y conocer nuevos lugares, seres de otros planetas y formas de vida insólitas. En ese acto de pensar todas las aventuras que le deparaban, cayó en profundo sueño. Sus sueños, no fueron otra cosa que el viaje intergaláctico.

Al romper el alba, el Sol golpeó sus párpados y el niño con pereza se despertó. Fue entonces a lavarse la cara y así espabilarse. Cuando enjuaba sus manos, recordó que se había olvidado de amarrar su cohete a un lugar seguro y que probablemente éste saliera volando sin su piloto y constructor. Salió corriendo desesperado al depósito donde estaba el cohete, para tan sólo encontrar que éste no estaba. Se había ido y tan sólo quedaban los despojos de comida del festin de los zamuros.

Y así terminaron, sin pena ni gloria, los fantasiosos sueños de viajes estelares de un niño cuyo ingenio y valor no fueron suficientes para alcanzar las estrellas.

Primavera

Quiero escribir, pero mi pluma sin tinta se queda,
Quiero hablar, pero las palabras se atoran en mi boca,
Quiero bailar, pero mi cuerpo se paraliza a cada instante.
Entonces, es ahí cuando pienso,
Quizá sea una coincidencia, una mera casualidad
No en vano, las flores en invierno no salen,
Ocultan su belleza para la primavera,
Y será que la primavera nunca llega, pues
Florecer no he logrado, y sin embargo,
Ansío tanto hacerlo,
Si tan sólo un pétalo pudiera salir,
Sería tan feliz.
Pero, lo sé, eso no va a suceder,
Pues sólo el invierno mi corazón conoce,
Y en sus gélidas caricias duermo,
Aguardando una primavera que nunca llegará.


domingo, 14 de enero de 2007

Infecto...

Del submundo nació la repulsión a las ratas, pues ese es su reino natural y aposento. Su vida, al igual que la de muchas otras alimañas, está llena de penurias y porquerías que al no poder curar llevan al mundo superior. Ese mundo que está al otro lado de la rejilla, de la alcantarilla.
Su única intención es la supervivencia, la destrucción de todo lo que encuentren a su paso, pues es la única manera que tienen para su malvivencia subsanar.
Peculiarmente, sus dientes incisivos jamás dejan de crecer, quizás debido esto a su incisiva naturaleza, tan incisiva que dañina se vuelve y termina por desquiciar hasta el más cuerdo. Su rastrero caminar imita al de las víboras, sólo que sus patas le otorgan una especial ventaja sobre los ofidios al despegar su inmundo cuerpo del suelo, aunque sea unos pocos centímetros.
Sin embargo, lo peor de estos seres de inframundo son sus delirantes chillidos, los cuales penetran con profunda ira en los oídos, llevando a la locura a todo aquel que los escuche. Muchos prefieren huir o morir antes que soportar tal suplicio.
Entre otras cosas, sus excrecencias provocan muchas veces enfermedad y náuseas. Acostumbran regar por doquier su detrito y pocas veces moderación tienen.

Muchos encuentros suelen suceder entre personas y ratas, pero en su mayoría resultan sin problemas. Sólo algunos especímenes de bando y bando entonan las trompetas de la guerra cuando se encuentran. Aunque la batalla se libra a nivel físico, los cuadrúpedos suelen tener una importante ventaja psicológica, pues son pocos los humanos que se atreven a lidiar con tan infectos seres, sobre todo tomando en cuenta las características antes menciondas, las cuales, acobardarían al más corajudo gladiador de la arena Romana.
Sólo aquellos armados con poderosas máscaras y largos tubos presurizados en los cuales un mortal líquido se almacena, aguardando tan sólo que su portador lo accione y así liberar su devastadora escencia, se atreven a enfrentarlas frente a frente.


miércoles, 10 de enero de 2007

Auyentado por las sombras y la noche.

Recorrí de punta a punta tu ser
Pudiendo tocar aún tu piel
Me sentí a placer
Aún cuando era un extraño papel
Aquel sobre el cual escribias
Y mi llanto rompió
Cuando leí con amargura
Lo que tu pluma plasmaba
Con agudeza entro en mi cabeza
Sin pedir permiso, revoloteaste
Sacudiste mi mundo,
me hiciste nacer
Me hiciste perder la cabeza
Quizá por locura, quizá por estupidez
Salte al vacio, por el precipicio
Sin nada que esperar, sin nada a cambio
Y entonces, de mi sueño
Desperté.

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