sábado, 28 de julio de 2007

Hermosa Locura

Miradas cruzadas, palabras al aire,
frases de amor, frases de cariño,
pasajes de una melodía desconocida,
pero a la vez, extrañamente familiar,
nos envuleven en un tórrido manto,
abrigo protector de un sentimiento,
de un repentino sentir, inverosímil,
pero a la vez increible.

Es eso y mucho más, son mil cosas
que cuesta describir, es parte de mí,
es parte de ti, es sentimiento puro,
sin temor del pasado, latente día a día,
supérfluo en el tiempo, imprescindible ahora.

Camino junto a ti, guiado sólo por instinto.
Eres como un ángel travieso,
mariposa juguetona que se posa en mí,
que toma de mi nectar, pero a la vez,
me llena de emoción.
Eres una hermosa locura...

miércoles, 18 de julio de 2007

Ningún lugar

Letras que emanan del sentimiento,
versos que juguetean con tus labios,
delicadas gotas rodean tus mejillas.
Tan fácil que parece, tan distante a la vez,
silencios que se hacen eternos,
centímetros inacansables, distancias infinitas
aún cuando de cerca merodeas.

¿Cuando la luna dejará de molestar?
Licántropos y crustáceos observan,
celosos de una pasión, celosos de una fantasia.
Dichosos mis labios, dichosas mis manos
que acarician suavemente tu piel.

Y otra vez te veo, otra vez te deseo,
¿Y qué hacer con este sentimiento?
Apartarlo sería insensato, incluso,
peligroso para el que lo intente.
Aún sé, sin embargo, que llegará el día,
aquel en que simplemente nadaremos,
entre caricias y miradas,
entre la luna y el mar.

viernes, 13 de julio de 2007

Fábulas

Inspira mis fábulas, con cada palabra, verbo, acción.
Fábulas llenas de seres fantásticos, seres imaginarios,
mitósis engendrada de mi imaginación,
vuelta al pasado lleno de fantasías infantiles,
ilusiones risibles de paraísos llenos de oasís,
de cristalinas aguas, cristalinas y puras,
cual alma de un unicornio.

Vacío ha de ser entonces, hueco por dentro,
inmensamente fuerte a su alrededor,
luchador insaciable, contra demonios.
Demonios internos, demonios aterradores y tentadores
llenos de superflúo encanto, vanos atractivos,
emolumentos inócuos.

sábado, 10 de marzo de 2007

Oda a la estupidez

Palabras entrecruzadas, letras hadas,
frases sin sentido, amenazas de un verbo,
ojos que escudriñan libros, en busca de un sentido,
en busca de aquello que el tiempo logró esconder,
sigilosamente intriga a las mentes de aquellos que
osan sin sentido anteponerse, sin yelmo alguno
a la furia de la insensatez.

Son muchos los insensatos que insisten,
en vacías contemplaciones y de vacuos anhelos,
aún sin lograr fruto alguno, derivan largos años
en el hastío, esperando, aguardando que algo,
un desconocido, una realidad oculta acuda,
mas sin embargo, sólo la estupidez acude,
acogiendolos en sus agridulces brazos,
relantando historias de tiempo inexistentes
y de fantasías reales.

Tórrido y luminoso, se alza Febo,
colocándose sobre las cabezas de sus subditos,
dandole la ilusión de iluminación, de realización.
¡Cuán cruel ilusión!
Por senderos desconocidos transita el vulgo,
desdeñando y porfiriendo contra sus maestros,
insultando su reputación, con reflejos de su
idiotez entremezclada con el ánimo de autodestrucción,
sólo amenazan su propio maestro,
el que llevan consigo a doquier,
y al que oídos sordos siempre hacen.

Inesperados sonidos se ciernen,
rodeando con vasculantes ideas
sobre la oscuridad, sobre la luz, sobre nada.
Un solitario relámpago rompe el cielo,
dejando escuchar el lamento de los ángeles
que derrite a su paso, con funesta furia,
con violento paso y sin temor alguno a
que Dios le castige por matar a sus ángeles.
Claman las almas del submundo que un rayo les caiga,
pues es la única manera de sus almas poder salvar,
sumidas en el miedo, ausentes de luz,
se alimentan sólo del detritus de los que arriba habitan.
Penosos lamentos, oraciones a falsos ídolos,
acompañan la jornada, si acaso es una jornada,
de estos lamentables seres, cuya perdición es segura,
pues los relámpagos sólo se ocupan de matar ángeles.

Absortos observan los imbéciles el juego,
con sus ojos rodean lo que desean, mas,
no pueden alcanzar, pues muy distante se asoma.
Con saña algunos intentan, pero su ínfima ridiculez
ata sus pies e impide su avanzada.
No son aventajados aquellos que no se creen atados,
pues su mente permanece en el vacío,
dando vueltas sobre sí, sobre pensamientos inócuos,
calculando sobre planos irreales, imaginando la nada
con increíble adoración nihilista, sincretismo de
sus vulgares creencias costumbristas.

lunes, 5 de febrero de 2007

Arguildo III

Un Sol se sucede a otro. Muchas lunas mueren y renacen. Arguildo seguía sin poder teclear nada. El mismo sentimiento de hastío y parálisis se apoderaba de él cada vez que intentaba sentarse delante de su máquina de escribir. Este mal es ampliamente conocido entre los escritores y suele ser la tumba para su pluma, pues pocos lograr recuperar el don. Parecía obvio que Arguildo debía volver a encontrar la inspiración, a como de lugar, pues no sólo se le hacía imposible escribir, sino que era su sustento y necesitaba de escribir para sobrevivir.
Resuelto a buscar a su "musa", el maldito escritor decide viajar a nuevos lugares. Tal como muchos escritores lo han hecho, el viajar suele alimentar a la mente de nuevas ideas, llenándo el espíritu de nuevas sensasiones. Se dirijió a comienzos de Enero a la estación de tren, con el claro objetivo de comprarse un boleto hacia el pueblo más apartado que encuentre. Posiblemente allá, alejado de todo, sus problemas permenecerían atrás y su musa se reencontraría con él.
Con ticket en mano, Arguildo se monta en un tren color carmín, de aspecto infantil y casi risible. Sonando estridentemente la bocina, el conductor anuncia que ya es la hora de abordar el tren, ante lo cual, todos los pasajeros que aguardaban en el andén charlando y despidiéndose de sus seres queridos detienen isofacto sus actividades y se aprestan de subir al ferrocarril.
Arguildo escojió la sección más olvidada del tren, pues detestaba la compañía vulgar. En realidad, Arguildo no era una persona muy social, siempre evitando el contacto con las personas, se movía entre las multitudes muy discretamente y solía pasar desapercibido la mayoría de las veces.
No pasaron dos horas antes que llegaran a la primera estación. Era una gra ciudad, atorada de personas, tambaleante de ruido y fulgor eléctrico, de rascacielos enormes que se alzaban como imponentes mostruos de fierro y piedra. Arguildo detestaba esas aglomeraciones absurdas de gente, comparándolas con colmenas de abejas.

El escritor se baja del tren para fumarse un cigarro cuando se percata que una dama ha dejado su maleta olvidada, por lo que va a recojerla. Es en ese instante cuando el tren estremece de nuevo por el sonido de las bocinas, llamando a los pasajeros a montarse y continuar su viaje. Apresuradamente, Arguildo sube con la maleta en la mano. Al llegar a su habitación, se da cuenta que sigue con la maleta. Decidido a hacer que vuelva a su dueño original, Arguildo se dirije a la cabina del conductor, tocando suávemente la puerta.
Al abrir, encuentra a un delgado, casi cadavérico hombre con bragas azules.

domingo, 4 de febrero de 2007

Arguildo II

Algo desconocido le impedía teclear. Normalmete Arguildo tecleaba vorazmente, avído de nuevas palabras, jugando con las metáforas y cortezmente renunciando a la redundancia. Pero esa mañana se hallaba ahí sentado, con el Sol atravesando por los grandes ventantales de su casa como intruso intangible, con un sentimiento hastío total. La nada inundaba su cabeza, llenandola de ideas vanas y sin sentido.

Afligido por este extraño hecho, el joven escritor decidió dar una vuelta. Cabilando sin cesar sobre su extraña experiencia, vacilaba sobre cuestiones que antes le parecían verdades inaludibles, calcando sobre su cabeza nuevas ideas que, por supuesto, nunca tomaban fuerza. Le era imposible concentrarse y desprender tan sólo una frase, cosa que antes hacía con bastante soltura y facilidad. Siguío caminando por la calle, percatándose de cosas que había pasado siempre por alto. Un viejo tronco caído, una vereda llena de hojas que conducía un cuchitril desvalijado, una reja de hierro forjado tan antigua como su memoria jamás haya recordado, una bicicleta atada a un gran árbol, ventanales rotos y muros resquebrajados.

Decidido a volver a casa, a intentar una vez más escribir, tomó una calle que ciertamente le conducía de regreso pero que nunca había recorrido. De aspecto ténue y tenebrosa, esta calle era evitada por todos los caminantes, pues se decía que extrañas cosas sucedía en sus aceras, malogradas por el pasar de los años, olvidadas por la indeferencia humana. Se dice que sólo una viuda vive en una desvanecida casa a mitad de la calle. Todo lo demás eran tierras sin dueño, salvajes e indomables. Quizás nadie se atrevía a tomar partido de un terreno ahí.
Envuelto de nuevo en sus pensamientos, Arguildo no se percata de su error y sigue caminando por la calle. Estando a mitad de ésta, ve una solitaria niña sentada en un banco. Jugaba con una vieja muñeca de porcelana, peinándola y pasandole la mano por su fría y blanca cabeza petrificada. Con curiosidad observa a la pequeña por un rato, pero su agitación no le permite acercársele, por lo que sigue su camino a casa.

Al llegar se sienta de nuevo ante su máquina Sinclair. Entumecido hasta los labios, Arguildo no puede tan siquiera pisar tecla alguna.

martes, 30 de enero de 2007

Muerte en Venecia

¿Qué es la belleza? Una pregunta que envuelve a muchos filósofos y artistas, se desvanece al instante cuando nos topamos con algo realmente bello, algo cuya belleza natural nos atrapa. Quizás esta belleza no sea moral o fundada en el raciocinio.

En esta disyuntiva se haya el Prof Gustav von Aschenbach, el cuál realiza un viaje a Venecia en busca de salud e inspiración, encontrando sólo una de ellas.
Con una música exquisita (de la mano de Gustav Mahler) comienza "Muerte en Venecia". En el fondo, el Sol se asoma por el horizonte, quizá haciendo una alegoría al comienzo de esta nueva etapa del compositor. Al llegar a Venecia, se topa con varios personajes pintorescos. Un bufón y un ladrón. Serían sólo los primeros que conocería, pues a lo largo de su estadía varios más se agregan a la lista.

De tanto en tanto, la película muestra fragmentos de la vida pasada del compositor, en su mayoría, charlando con su mejor amigo, discutiendo sobre la belleza. von Aschenbach se empeña en la idea de una belleza lozana, sin mácula alguna. Para él, la belleza debe ser digna de admiración desde todo punto de vista. La belleza debe estar encumbrada en moralidad. Por otro lado, su amigo insiste en la idea de la belleza sensual, aquella que altera nuestros sentidos y que nos atrae sin razón aparente.

Otros fragmentos muestran al compositor en su vida familiar. Con su esposa y su hijo, riendo y jugando en la pradera. Pero a la vez, la desgracia y pena de von Aschenbach y su mujer debido a la muerte de su infaltil hijo.

von Aschenbach se hospeda en el resort Lido, el mejor de Venecia. Allí conoce a Tadzio, un jóven polaco de cuya belleza queda cautivo. La zozobra del músico es sin igual al darse cuenta de lo impuro que es su acto, pero a la vez, lo atraido que se siente por este efebo de caracter jugueton.
Semejante a un querubin, Tadzio se pasonea alrededor de von Aschenbach, mirándole sin soltar palabra alguna. Más bien de caracter asexual, Tadzio juguetea con sus amigos en la playa. Uno de ellos siente atracción por éste, creando en el compositor celos y envidia. Una vez más, sentimientos "inmorales" causados por Tadzio. Pero a la vez, el tan sólo hecho de contemplar a Tadzio corriendo y jugando en la playa le devuelve la inspiración perdida al compositor, cuyo fracaso se ve reflejado en una escena de abucheo público luego de un concierto.

Desesperado, von Aschenbach persigue a Tadzio por toda la ciudad, escondiéndose en las esquinas de la mirada avisora de su niñera. En sus recorridos por la ciudad, von Aschenbach se percata de que en ésta se realizan labores de limpieza epidemiológica. Angustiado por lo que ve y se rumorea, von Aschenbach pregunta a varios nativos la causa de tal limpieza, ante lo cual todos responden que sólo se trata de una precaución por el "sirocco". No es sino un empleado del banco quien le dice la verdadera situación: la plaga ha invadido a Venecia.

Alarmado por la situación, von Aschenbach decide partir de la ciudad inmediatamente, no sin antes alertar a la madre de Tadzio de la situación, rogándole que parta lo más pronto posible de Venecia. Estando ya en la estación de trenes, el músico se ve retrasado por la ausencia de sus valijas, razón suficiente para volver al resort Lido, donde nuevamente se encontrará con Tadzio. Decidido a hablarle, von Aschenbach se instala en la barbería, apresto a rejuvenecer su aspecto. Luego de ser atendido por el barbero, éste le dice "Se le ha devuelto lo que ha perdido. Ahora está listo para enamorarse de quien quiera". Con gran emoción, el músico vuelve a acechar al jóven Tadzio, pero como siempre, es incapaz de hablarle. Ya entonces, se mostraban los signos del deterioro físico de von Aschenbach.

Con el rostro pálido y apenas pudiendo moverse, von Aschenbach se sienta en la playa a contemplar a Tadzio jugar con su pretendiente juvenil. Y ahí, contemplando la belleza, dejándose llevar por ésta, von Aschenbach sufre un ataque cardíaco, muriendo al instante. Curiosamente, Tadzio no se percata de la situación y continúa calmadamente su caminata por la playa.


martes, 23 de enero de 2007

Arguildo

Arguildo siempre fue destacado por su hábil gracia para la escritura. Era lo que mejor hacía y por supuesto, su trabajo. Desde pequeño siempre quiso ser escritor. En sus tiempos libres, escribía pequeñas historias acerca de duendes y hombrecillos de la luna que le invadían en sus sueños. Muy avanzado para su edad, sus profesores se percataron inmediatamente que su pluma era inusual y exquisita, razón por la cual no dudaron en adelantarlo varios grados. Sus padres, siempre orgullosos, alimentaron su imaginación con docenas de libros, los cuales inundaban las repisas de su cuarto, ya polvoriento por las torres de libros. Y aunque Arguildo disfrutaba jugar con sus amigos al aire libre, siempre salía perdiendo, pues lo que tenía en inteligencia le faltaba en tamaño, siendo siempre la mascota de sus compañeros de juego y clase. Se dice que una vez fue encerrado en una jaula para ser el hazmereir de todos los niños. Nunca se supo si esos acontecimientos tuvieron repercusión en su desarrollo, aunque Arguildo siempre se mostró muy estoico ante las torturas de sus congéneres.

Creció así el pequeño niño para convertirse en un portentoso hombre, estudioso de las artes y literato empedernido. Su primer trabajo fue en un diario de su ciudad en calidad de reportero. Trabajó un tiempo ahí, pero no tardaron en lloverle múltiples ofertas en numerosos diarios de todo el país, ofreciendole cargos con mucha mejor paga y más posibilidades de gloria personal.

Y siguió así hasta convertirse en el escritor más famoso de su tierra. Por donde pasara era reconocido y saludado con veneración. Incluso los niños más pequeños le conocían y le hacían reverencia.

Una fría noche de Octubre, Arguildo tuvo una pesadilla. Soño que todas las personas que tanto le reverenciaban y adulaban le perseguían con cólera e insistencia por toda la ciudad. No había lugar donde esconderse de la iracunda masa, con antorchas y filosas armas le persiguieron hasta que por fín lograron atraparle. Hecho esto, se reunieron alrededor del escritor formando una rueda. Su objetivo no era más que atravesarle con una lanza.
Arguildo se despertó con gran exaltación de su terrible pesadilla e inmediatamente fue al baño a echarse agua encima. Se vió en el espejo notando en sí una mirada diferente, cosa a la cual no le prestó mucha atención. Acto seguido, volvió a la cama, logrando conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, luego de comer su desayuno y hacer las tareas matutinas, se dispuso a sentarse en frente de su vieja máquina de escribir Sinclair. Estuvo largo rato encima de las teclas sin presionar tan sólo una. Parecía paralizado.

(Continuará...)

Paseo

"En tus verdes ojos quiero zambullirme,
Hundirme en su profundidad,
Nadar en tu alma, tocarte suavemente,
Para luego salir como una solitaria lágrima,
Rodear tu mejilla y alojarme en tu piel,
Meterme en tus poros.
Quizás me pasee por tus labios,
Y contemple con admiración el sonido de tu voz,
Me deslizaré por tu mentón y en tu cabello caeré,
En tus rubios rizos, dormiré, en paz
Podrán pasar tempestades que ahí seguiré,
Aferrado a tí, queriendote aún más,
Deseado que algún día rompas el hechizo."














Dedicado a MN.

lunes, 22 de enero de 2007

El Niño y Las Estrellas

Un niño una vez pensó que podía viajar a las estrellas. Entonces se dedicó a construir un cohete que le pudiera llevar a ellas, tan alto que su mamá no lo pudiera ver, tan alto que a sus amigos impresionara, tan alto que la tierra tan sólo parezca un infimo punto en el vasto espacio.

Empezó poniendole un fuselaje de cartón, con elaborados detalles en crayón a los lados y con llamativos motivos alusivos a payasos de circo. Luego, le colocó un volante construido con ramas de un arból caido cerca de su casa. No funcionaba muy bien, así que le ató unas cuerdas a los alerones de forma que un giro en el timón ocasionara un torpe movimiento de los improvisados alerones. Seguidamente pensó en como hacer el motor de su nave espacial. Se le ocurrieron muchas ideas, algunas incluso rayaban en lo escatológico (propulsión a chorro mediante gas metano), pero finalmente optó por lo que le parecía más lógico: Ser arriado por un ave que le llevara muy alto. Sólo que tenía un problema. No tenía a sus dispoción tal ave. Lo más cercano que tenía era su fiel compañero canino, que por más alas de papel que le pusiera, no lograba alzar vuelo. Se dedicó entonces a buscar un ave suficientemente poderosa para impulsar su sueño aventurero.

Su primer intento fue con los pequeños pericos de su madre, los cuales cogió a hurtadillas y le colocó una cuerda alrededor de su cuello, con la mala fortuna que el primer perico fue ahorcado por la presión del cordel. Probó entonces con otro perico, al cual le amarró el cordel un poco más abajo, a la altura del pecho. Sin embargo, la pequeña ave fue lo suficiente hábil como para zafarse y huir ráudamente de su infantil torturador.

El niño, decepcionado, mas no derrotado, siguió buscando propulsores para su cohete. Se le ocurrió entonces que podía cazar un pájaro tendíendole una trampa. Cerca de su casa solían rondar grandes manadas de zamuros, los cuales, pensó que le servirían adecuadamente a sus fines. Colocó entonces un pocillo de comida (algo putrefacta, por cierto) debajo de una jaulita de madera toscamente construida por él. La jaula, debilmente sostenida por una fina vara, era apenas los suficientemente grande para contener en ella un pájaro de medianas características.
Aguardó cierto tiempo viendo la jaula y esperando que algún zamuro incauto cayera, pero éstos parecían conocer su intención. En un momento, el niño tuvo sed y fue tan sólo un momento a buscar algo de agua. En tanto, se percató que un zamuro se posó sobre el plato de "comida", por lo que corrió desbocadamente hasta donde se hallaba el cordel que estaba atado a la vara. Asustado por el algarabio, zamuro empredió vuelo rápidamente, huyó del infante y su primitiva trampa.

Aún con intensos deseos de construir su cohete, el niño no se dió por vencido y siguió aguardando a que un zamuro llegara y cayera en su trampa. Esta vez, el niño se escondió en unos matorrales cercanos, de manera que los carroñeros no le pudieran ver.
Luego de varias horas de espera (y algunas siestas inesperadas), el niño por fin logró su cometido: capturó a un jóven y enérgico zamuro. Con mucho cuidado, ató la cuerda alrededor del cuello del carroñero, no muy fuerte, no muy floja. Seguidamente, amarró la cuerda a la punta de su nave.

Quizó entonces hacer su primera ignición de prueba, por lo que trató de espantar al zamuro y ocasionar así que alzara vuelo. El zamuro, con todas sus fuerzas, trató y trató de volar, pero por más que intentara no podía levantar tan pesada carga. El niño se dió cuenta que necesitaba una legión de zamuros a su servicio para poder prender su motor.
Con mucha emoción por los resultados de su primer experimento, se dedicó a la tarea de cazar más zamuros para que arriaran su nave.

En un día logró capturar 2 y al siguiente 4. Con ellos, contaba con 7 zamuros, suficientes según su parecer para hacer volar su máquina. Viendo la hora y la proximidad del ocaso, el ingenioso niño decidió hacer su primer vuelo a la mañana siguiente, guardando su máquina y su pelotón de carroñeros en un viejo depósito. Tapó muy delicadamente con un manto el fuselaje y alimentó profusamente a sus bestias de arriaje, preparando todo para su gran viaje.
Muy emocionado por lo próximo de su viaje y la idea de al fin alcanzar sus sueños, se acostó en el la grama de su casa a contemplar las estrellas. Fantaseó toda la noche con la idea de visitar cada una de ellas y conocer nuevos lugares, seres de otros planetas y formas de vida insólitas. En ese acto de pensar todas las aventuras que le deparaban, cayó en profundo sueño. Sus sueños, no fueron otra cosa que el viaje intergaláctico.

Al romper el alba, el Sol golpeó sus párpados y el niño con pereza se despertó. Fue entonces a lavarse la cara y así espabilarse. Cuando enjuaba sus manos, recordó que se había olvidado de amarrar su cohete a un lugar seguro y que probablemente éste saliera volando sin su piloto y constructor. Salió corriendo desesperado al depósito donde estaba el cohete, para tan sólo encontrar que éste no estaba. Se había ido y tan sólo quedaban los despojos de comida del festin de los zamuros.

Y así terminaron, sin pena ni gloria, los fantasiosos sueños de viajes estelares de un niño cuyo ingenio y valor no fueron suficientes para alcanzar las estrellas.

Primavera

Quiero escribir, pero mi pluma sin tinta se queda,
Quiero hablar, pero las palabras se atoran en mi boca,
Quiero bailar, pero mi cuerpo se paraliza a cada instante.
Entonces, es ahí cuando pienso,
Quizá sea una coincidencia, una mera casualidad
No en vano, las flores en invierno no salen,
Ocultan su belleza para la primavera,
Y será que la primavera nunca llega, pues
Florecer no he logrado, y sin embargo,
Ansío tanto hacerlo,
Si tan sólo un pétalo pudiera salir,
Sería tan feliz.
Pero, lo sé, eso no va a suceder,
Pues sólo el invierno mi corazón conoce,
Y en sus gélidas caricias duermo,
Aguardando una primavera que nunca llegará.


domingo, 14 de enero de 2007

Infecto...

Del submundo nació la repulsión a las ratas, pues ese es su reino natural y aposento. Su vida, al igual que la de muchas otras alimañas, está llena de penurias y porquerías que al no poder curar llevan al mundo superior. Ese mundo que está al otro lado de la rejilla, de la alcantarilla.
Su única intención es la supervivencia, la destrucción de todo lo que encuentren a su paso, pues es la única manera que tienen para su malvivencia subsanar.
Peculiarmente, sus dientes incisivos jamás dejan de crecer, quizás debido esto a su incisiva naturaleza, tan incisiva que dañina se vuelve y termina por desquiciar hasta el más cuerdo. Su rastrero caminar imita al de las víboras, sólo que sus patas le otorgan una especial ventaja sobre los ofidios al despegar su inmundo cuerpo del suelo, aunque sea unos pocos centímetros.
Sin embargo, lo peor de estos seres de inframundo son sus delirantes chillidos, los cuales penetran con profunda ira en los oídos, llevando a la locura a todo aquel que los escuche. Muchos prefieren huir o morir antes que soportar tal suplicio.
Entre otras cosas, sus excrecencias provocan muchas veces enfermedad y náuseas. Acostumbran regar por doquier su detrito y pocas veces moderación tienen.

Muchos encuentros suelen suceder entre personas y ratas, pero en su mayoría resultan sin problemas. Sólo algunos especímenes de bando y bando entonan las trompetas de la guerra cuando se encuentran. Aunque la batalla se libra a nivel físico, los cuadrúpedos suelen tener una importante ventaja psicológica, pues son pocos los humanos que se atreven a lidiar con tan infectos seres, sobre todo tomando en cuenta las características antes menciondas, las cuales, acobardarían al más corajudo gladiador de la arena Romana.
Sólo aquellos armados con poderosas máscaras y largos tubos presurizados en los cuales un mortal líquido se almacena, aguardando tan sólo que su portador lo accione y así liberar su devastadora escencia, se atreven a enfrentarlas frente a frente.


miércoles, 10 de enero de 2007

Auyentado por las sombras y la noche.

Recorrí de punta a punta tu ser
Pudiendo tocar aún tu piel
Me sentí a placer
Aún cuando era un extraño papel
Aquel sobre el cual escribias
Y mi llanto rompió
Cuando leí con amargura
Lo que tu pluma plasmaba
Con agudeza entro en mi cabeza
Sin pedir permiso, revoloteaste
Sacudiste mi mundo,
me hiciste nacer
Me hiciste perder la cabeza
Quizá por locura, quizá por estupidez
Salte al vacio, por el precipicio
Sin nada que esperar, sin nada a cambio
Y entonces, de mi sueño
Desperté.

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